Está claro que vivimos una época de grandes cambios sociales.
Cada vez más personas y empresas intentan comprender su propósito en la vida. Y nos damos cuenta, en diversos entornos sociales, de que no hay mayor motivación que la que nace impulsada por un propósito.
No es de extrañar que últimamente oigamos hablar tanto de Gestión Sistémica, Capitalismo Consciente, Cultura Organizativa, Compromiso de Equipo, etc.
Los empresarios y los dirigentes en general prestan cada vez más atención a las cuestiones intangibles dentro de una organización, y sienten cada vez más la necesidad de construir una cultura corporativa basada en valores.
Y una de las características de estas organizaciones basadas en valores es que son conscientes de que los cambios sociales exigen una gestión descentralizada, porque entienden que el mayor activo que puede tener una organización es la confianza y las relaciones sanas en todos los ámbitos.
Porque, aunque hemos recibido un legado de valores y creencias sobre la necesidad de un control estricto y de llevar las riendas bien sujetas, este tipo de liderazgo no produce excelentes resultados hoy en día.
Y una de las principales exigencias de esta Gestión Descentralizadora es la necesidad de saber Delegar.
Un líder que domina el arte de delegar es aquel que sabe transmitir a su subordinado el significado de la tarea que se le encomienda, el valor que la realización de esta actividad tiene para los resultados y objetivos de la organización.
Delegar no es «delegar». No es pasar la pelota.
Delegar es un proceso que requiere un seguimiento para que los impactos sean positivos. Y este proceso requiere que el líder haya alcanzado un nivel de madurez que le permita actuar con determinación, valentía, desprendimiento y perseverancia, porque sólo así podrá desarrollar a la persona que asume una nueva responsabilidad para que sea capaz de contemplar el impacto de esa actividad en todo el sistema en el que está inserta.
Por eso es tan importante que quienes asumen una nueva responsabilidad se comprometan, para alinear esa actividad con la misión y el propósito de la empresa en la sociedad en la que opera.
No podemos ignorar que cuando se crea una empresa, o cuando iniciamos nuestra andadura profesional, nuestra necesidad y nuestro objetivo es la rentabilidad financiera. Sin embargo, a medida que nos desarrollamos profesionalmente y nuestra empresa se consolida en el mercado, si seguimos centrándonos demasiado en la rentabilidad financiera, corremos el riesgo de poner en peligro nuestras relaciones en diversos ámbitos.
Una investigación reciente llevada a cabo por Teresa Amabile, que lleva más de 35 años estudiando la Creatividad y la Innovación en el Departamento de Gestión y Emprendimiento de la Harvard Business School, concluyó que cuando las personas se dan cuenta de que están contribuyendo a cosas importantes y de que su trabajo tiene valor y aporta al objetivo del equipo, además de generar compromiso, esta percepción genera un estímulo interno a la creatividad. Y sabemos que no hay innovación sin creatividad.
Aunque tenemos un legado negativo del periodo industrial que pretendía separar el yo profesional del yo personal, hoy sabemos que necesitamos integrar quiénes somos en todos los papeles sociales que desempeñamos.
Para las generaciones pasadas, vivir con el piloto automático podría haber sido suficiente, pero hoy no lo es. La humanidad está evolucionando y esta disfunción que hemos heredado sólo puede curarse si alineamos nuestros valores personales con los valores de la organización en la que trabajamos.
Como bien dice Richard Barret, uno de los principales expertos en liderazgo basado en valores, las organizaciones y las personas con más éxito serán las que reconozcan que tienen que «ser las mejores para el mundo, no las mejores en el mundo».
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